1929-1932: Prólogo de la Historia de la Revolución Rusa.
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Este prólogo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 25-29.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 22 de julio de 1997.
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En los dos primeros meses del año 1917 reinaba todavía
en Rusia la dinastía de los Romanov. Ocho meses después
estaban ya en el timón los bolcheviques, un partido ignorado
por casi todo el mundo a principios de año y cuyos jefes,
en el momento mismo de subir al poder, se hallaban aún
acusados de alta traición. La historia no registra otro
cambio de frente tan radical, sobre todo si se tiene en cuenta
que estamos ante una nación de ciento cincuenta millones
de habitantes. Es evidente que los acontecimientos de 1917, sea
cual fuere el juicio que merezcan, son dignos de ser investigados.
La historia de la revolución, como toda historia, debe,
ante todo, relatar los hechos y su desarrollo. Mas esto no basta.
Es menester que del relato se desprenda con claridad por qué
las cosas sucedieron de ese modo y no de otro. Los sucesos históricos
no pueden considerarse como una cadena de aventuras ocurridas
al azar ni engarzarse en el hilo de una moral preconcebida, sino
que deben someterse al criterio de las leyes que los gobiernan.
El autor del presente libro entiende que su misión consiste
precisamente en sacar a la luz esas leyes.
El rasgo característico más indiscutible de las
revoluciones es la intervención directa de las masas en
los acontecimientos históricos. En tiempos normales, el
Estado, sea monárquico o democrático, está
por encima de la nación; la historia corre a cargo de los
especialistas de este oficio: los monarcas, los ministros, los
burócratas, los parlamentarios, los periodistas. Pero en
los momentos decisivos, cuando el orden establecido se hace insoportable
para las masas, éstas rompen las barreras que las separan
de la palestra política, derriban a sus representantes
tradicionales y, con su intervención, crean un punto de
partida para el nuevo régimen. Dejemos a los moralistas
juzgar si esto está bien o mal. A nosotros nos basta con
tomar los hechos tal como nos los brinda su desarrollo objetivo.
La historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de
todo, la historia de la irrupción violenta de las masas
en el gobierno de sus propios destinos.
Cuando en una sociedad estalla la revolución, luchan unas
clases contra otras, y, sin embargo, es de una innegable evidencia
que las modificaciones por las bases económicas de la sociedad
y el sustrato social de las clases desde que comienza hasta que
acaba no bastan, ni mucho menos, para explicar el curso de una
revolución que en unos pocos meses derriba instituciones
seculares y crea otras nuevas, para volver en seguida a derrumbarlas.
La dinámica de los acontecimientos revolucionarios se halla
directamente informada por los rápidos tensos y
violentos cambios que sufre la sicología de las clases
formadas antes de la revolución.
La sociedad no cambia nunca sus instituciones a medida que lo
necesita, como un operario cambia sus herramientas. Por el contrario,
acepta prácticamente como algo definitivo las instituciones
a que se encuentra sometida. Pasan largos años durante
los cuales la obra de crítica de la oposición no
es más que una válvula de seguridad para dar salida
al descontento de las masas y una condición que garantiza
la estabilidad del régimen social dominante; es, por ejemplo,
la significación que tiene hoy la oposición socialdemócrata
en ciertos países. Han de sobrevenir condiciones completamente
excepcionales, independientes de la voluntad de los hombres o
de los partidos, para arrancar al descontento las cadenas del
conservadurismo y llevar a las masas a la insurrección.
Por tanto, esos cambios rápidos que experimentan las ideas
y el estado de espíritu de las masas en las épocas
revolucionarias no son producto de la elasticidad y movilidad
de la psiquis humana, sino al revés, de su profundo conservadurismo.
El rezagamiento crónico en que se hallan las ideas y relaciones
humanas con respecto a las nuevas condiciones objetivas, hasta
el momento mismo en que éstas se desploman catastróficamente,
por decirlo así, sobre los hombres, es lo que en los períodos
revolucionarios engendra ese movimiento exaltado de las ideas
y las pasiones que a las mentalidades policiacas se les antoja
fruto puro y simple de la actuación de los «demagogos».
Las masas no van a la revolución con un plan preconcebido
de la sociedad nueva, sino con un sentimiento claro de la imposibilidad
de seguir soportando la sociedad vieja. Sólo el sector
dirigente de cada clase tiene un programa político, programa
que, sin embargo, necesita todavía ser sometido a la prueba
de los acontecimientos y a la aprobación de las masas.
El proceso político fundamental de una revolución
consiste precisamente en que esa clase perciba los objetivos que
se desprenden de la crisis social en que las masas se orientan
de un modo activo por el método de las aproximaciones sucesivas.
Las distintas etapas del proceso revolucionario, consolidadas
pro el desplazamiento de unos partidos por otros cada vez más
extremos, señalan la presión creciente de las masas
hacia la izquierda, hasta que el impulso adquirido por el movimiento
tropieza con obstáculos objetivos. Entonces comienza la
reacción: decepción de ciertos sectores de la clase
revolucionaria, difusión del indeferentismo y consiguiente
consolidación de las posiciones adquiridas por las fuerzas
contrarrevolucionarias. Tal es, al menos, el esquema de las revoluciones
tradicionales.
Sólo estudiando los procesos políticos sobre las
propias masas se alcanza a comprender el papel de los partidos
y los caudillos que en modo alguno queremos negar. Son un elemento,
si no independiente, sí muy importante, de este proceso.
Sin una organización dirigente, la energía de las
masas se disiparía, como se disipa el vapor no contenido
en una caldera. Pero sea como fuere, lo que impulsa el movimiento
no es la caldera ni el pistón, sino el vapor.
Son evidentes las dificultades con que tropieza quien quiere estudiar
los cambios experimentados por la conciencia de las masas en épocas
de revolución. Las clase oprimidas crean la historia en
las fábricas, en los cuarteles, en los campos, en las calles
de la ciudad. Mas no acostumbran a ponerla por escrito. Los períodos
de tensión máxima de las pasiones sociales dejan,
en general, poco margen par ala contemplación y el relato.
Mientras dura la revolución, todas las musas, incluso esa
musa plebeya del periodismo, tan robusta, lo pasan mal. A pesar
de esto, la situación del historiador no es desesperada,
ni mucho menos. Los apuntes escritos son incompletos, andan sueltos
y desperdigados. Pero, puestos a la luz de los acontecimientos,
estos testimonios fragmentarios permiten muchas veces adivinar
la dirección y el ritmo del proceso histórico. Mal
o bien, los partidos revolucionarios fundan su técnica
en la observación de los cambios experimentados por la
conciencia de las masas. La senda histórica del bolchevismo
demuestra que esta observación, al menos en sus rasgos
más salientes, es perfectamente factible. ¿Por qué
lo accesible al político revolucionario en el torbellino
de la lucha no ha de serlo también retrospectivamente al
historiador?
Sin embargo, los procesos que se desarrollan en la conciencia
de las masas no son nunca autóctonos ni independientes.
Pese a los idealistas y a los eclécticos, la conciencia
se halla determinada por la existencia. Los supuestos sobre los
que surgen la Revolución de Febrero y su suplantación
por la de Octubre tienen necesariamente que estar informados por
las condiciones históricas en que se formó Rusia,
por su economía, sus clases, su Estado, por las influencias
ejercidas sobre ella por otros países. Y cuanto más
enigmático nos parezca el hecho de que un país atrasado
fuera el primero en exaltar al poder al proletariado, más
tenemos que buscar la explicación de este hecho en las
características de ese país, o sea en lo que le
diferencia de los demás.
En los primeros capítulos del presente libro esbozamos
rápidamente la evolución de la sociedad rusa y de
sus fuerzas intrínsecas, acusando de este modo las peculiaridades
históricas de Rusia y su peso específico. Confiamos
en que el esquematismo de esas páginas no asustará
al lector. Más adelante, conforme siga leyendo, verá
a esas mismas fuerzas sociales vivir y actuar.
Este trabajo no está basado precisamente en los recuerdos
personales de su autor. El hecho de que éste participara
en los acontecimientos no le exime del deber de basar su estudio
en documentos rigurosamente comprobados. El autor habla de sí
mismo allí donde la marcha de los acontecimientos le obliga
a hacerlo, pero siempre en tercera persona. Y no por razones de
estilo simplemente, sino porque el tono subjetivo que en las autobiografías
y en las memorias es inevitable sería inadmisible en un
trabajo de índole histórica.
Sin embargo, la circunstancia de haber intervenido personalmente
en la lucha permite al autor, naturalmente, penetrar mejor, no
sólo en la sicología de las fuerzas actuantes, las
individuales y las colectivas, sino también en la concatenación
interna de los acontecimientos. Mas para que esta ventaja dé
resultados positivos, precisa observar una condición, a
saber: no fiarse a los datos de la propia memoria, y esto no sólo
en los detalles, sino también en lo que respecta a los
motivos y a los estados de espíritu. El autor cree haber
guardado este requisito en cuanto de él dependía.
Todavía hemos de decir dos palabras acerca de la posición
política del autor, que en función de historiador,
sigue adoptando el mismo punto de vista que adoptaba en función
de militante ante los acontecimientos que relata. El lector no
está obligado, naturalmente, a compartir las opiniones
políticas del autor, que éste, por su parte, no
tiene tampoco por qué ocultar. Pero sí tiene derecho
a exigir de un trabajo histórico que no sea precisamente
la apología de una posición política determinada,
sino una exposición, internamente razonada, del proceso
real y verdadero de la revolución. Un trabajo histórico
sólo cumple del todo con su misión cuando en sus
páginas los acontecimientos se desarrollan con toda su
forzosa naturalidad.
¿Mas tiene esto algo que ver con la que llaman «imparcialidad»
histórica? Nadie nos ha explicado todavía claramente
en qué consiste esa imparcialidad. El tan citado dicho
de Clemenceau de que las revoluciones hay que tomarlas o desecharlas
en bloc es, en el mejor de los casos, un ingenioso subterfugio:
¿cómo es posible abrazar o repudiar como un todo orgánico
aquello que tiene su esencia en la escisión? Ese aforismo
se lo dicta a Clemenceau, por una parte, la perplejidad producida
en éste por el excesivo arrojo de sus antepasados, y, por
otra, la confusión en que se halla el descendiente ante
sus sombras.
Uno de los historiadores reaccionarios, y, por tanto, más
de moda en la Francia contemporánea, L. Madelein, que ha
calumniado con palabras tan elegantes a la Gran Revolución,
que vale tanto como decir a la progenitora de la nación
francesa, afirma que «el historiador debe colocarse en lo
alto de las murallas de la ciudad sitiada, abrazando con su mirada
a sitiados y sitiadores»; es, según él, la
única manera de conseguir una «justicia conmutativa».
Sin embargo, los trabajos de este historiador demuestran que si
él se subió a lo alto de las murallas que separan
a los dos bandos, fue, pura y simplemente, para servir de espía
a la reacción. Y menos mal que en este caso se trata de
batallas pasadas, pues en épocas de revolución es
un poco peligroso asomar la cabeza sobre las murallas. Claro está
que, en los momentos peligrosos, estos sacerdotes de la «justicia
conmutativa» suelen quedarse sentados en casa esperando a
ver de qué parte se inclina la victoria.
El lector serio y dotado de espíritu crítico no
necesita de esa solapada imparcialidad que le brinda la copa de
la conciliación llena de posos de veneno reaccionario,
sino de la metódica escrupulosidad que va a buscar en los
hechos honradamente investigados, apoyo manifiesto para sus simpatías
o antipatías disfrazadas, a la contrastación de
sus nexos reales, al descubrimiento de las leyes por que se rigen.
Ésta es la única objetividad histórica que
cabe, y con ella basta, pues se halla contrastada y confirmada,
no por las buenas intenciones del historiador de que él
mismo responde, sino por las leyes que rigen el proceso histórico
y que él se limita a revelar.
Para escribir este libro nos han servido de fuentes numerosas
publicaciones periódicas, diarios y revistas, memorias,
actas y otros materiales, en parte manuscritos y, principalmente,
los trabajos editados por el Instituto para la Historia de la
Revolución en Moscú y Leningrado. Nos ha parecido
superfluo indicar en el texto las diversas fuentes, ya que con
ello no haríamos más que estorbar la lectura. Entre
las antologías de trabajos históricos hemos manejado
my en particular los dos tomos de los Apuntes para la Historia
de la Revolución de Octubre (Moscú-Leningrado,
1927). Escritos por distintos autores, los trabajos monográficos
que forman estos dos tomos no tienen todos el mismo valor, pero
contienen, desde luego, abundante material de hechos.
Cronológicamente nos guiamos en todas las fechas por el
viejo calendario, rezagado en trece fechas, como se sabe, respecto
al que regía en el resto del mundo y hoy rige también
en los Soviets. El autor no tenía más remedio que
atenerse al calendario que estaba en vigor durante la revolución.
Ningún trabajo le hubiera costado, naturalmente, trasponer
las fechas según el cómputo moderno. Pero esta operación,
eliminando unas dificultades, habría creado otras de más
monta. El derrumbamiento de la monarquía pasó a
la historia con el nombre de Revolución de Febrero. Sin
embargo, computando la fecha por el calendario occidental, ocurrió
en marzo. La manifestación armada que se organizó
contra la política imperialista del gobierno provisional
figura en la historia con el nombre de «jornadas de abril»,
siendo así que, según el cómputo europeo,
tuvo lugar en mayo. Sin detenernos en otros acontecimientos y
fechas intermedios, haremos notar, finalmente, que la Revolución
de Octubre se produjo, según el calendario europeo, en
noviembre. Como vemos, ni el propio calendario se puede librar
del sello que estampan en él los acontecimientos de la
Historia, y al historiador no le es dado corregir las fechas históricas
con ayuda de simples operaciones aritméticas. Tenga en
cuenta el lector que antes de derrocar el calendario bizantino,
la revolución hubo de derrocar las instituciones que a
él se aferraban.
L. TROTSKI
Prinkipo
Capítulo 1. Las características del desarrollo de Rusia